Yo también quiero que me aplaudan

 

Asisto atónito, una y otra vez desde que comencé mi carrera como periodista hace más de 20 años, al llamamiento constante de deportistas de élite al apoyo de aquellas personas que les siguen con total fidelidad.

En tanto aficionado como profesional vinculado a esta rama, comprendo perfectamente su impacto en la vida de la gente. El sentimiento de pertenencia a un grupo, la capacidad de evadirse de problemas cotidianos, la posibilidad de vivir emociones que no todos pueden experimentar en su día a día. Incluso la aspiración de formar parte, en algún momento, de uno de los mundos más atractivos del planeta.

Sin embargo, no deja de parecerme cómico el hecho de que se apele al apoyo incondicional cuando uno no ha hecho bien su trabajo. Casi exigiéndolo. Sin permitir, al parecer, el derecho a la crítica de aquellos que además pagan por asistir a un espectáculo y tienen por lo tanto el derecho a opinar sobre él siempre que lo hagan de manera respetuosa.

No sé lo que es chutar un penalti decisivo con 50.000 personas pendientes de mí en las gradas y más de un millón en la televisión, lo admito. Pero sí conozco una sensación parecida: que un cliente tuyo necesite que le ayudes a explicar su caso en los medios porque de los beneficios derivados de ello pueda cambiar su negocio. Y hasta su vida.

Y, al final, metas o falles ese lanzamiento seguirás con tu vida, percibiendo un sueldo muy por encima de la media, mientras el resto de la gente juega partidos por la permanencia cada día en sus trabajos sin posibilidad de entrenarse (y descansar) durante una semana para afrontar las horas decisivas más adelante.

No quiero hacer demagogia con este post. Uno vale lo que otro decide pagarle, así que no va de eso. Pero sí de la desconexión absoluta de la realidad de varios colectivos. Al resto, cuando la cagamos en nuestras tareas o no cumplimos nuestros objetivos no solo perdemos ingresos sino que se nos genera una publicidad negativa. Nadie nos apoya y nos anima cuando cometemos un error.

Así que, como mínimo, ese soporte debería pedirse cuando uno se lo haya ganado. Porque, al fin y al cabo, a los deportistas (y entrenadores) se les contrata para conseguir llegar a una meta determinada. Y lo mínimo que pueden hacer si no son capaces de alcanzarla es explicar las razones, pedir perdón, aceptar el hecho de ser juzgados y tratar de cumplir con su obligación la próxima vez.

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